I. El problema: una sentencia firme que no se ejecuta nunca Hemos visto el caso repetirse con una regularidad que ya no sorprende: una sentencia laboral queda ejecutoriada, el cuaderno de apremio se abre, se practica el embargo y, acto seguido, nada. Pasan dos años, tres, a veces cinco, y el expediente permanece exactamente donde quedó, sin que el ejecutante mueva un dedo ni el tribunal —a pesar del deber que la ley le impone— reactive el trámite. El ejecutado, mientras tanto